El Test de Turing

¿Llegarán algún día a pensar las máquinas? Alan Turing creía que sí y dispuso un método práctico para determinar cuando una máquina está pensando. Es el conocido como Test de Turing.

David Baños Abril

El test de Turing

A lo largo de los años 40 se pusieron en marcha importantes proyectos para crear máquinas computadoras cada vez más potentes. La capacidad de almacenamiento de información y la velocidad de procesamiento se superaban progresivamente con cada nueva máquina. No es de extrañar que muchos se preguntaran si no tardaría en crearse una máquina capaz de igualar las capacidades del ser humano. En el año 1950, Alan Turing publica un famoso artículo titulado Computing Machinery and Intelligence. Aquí el matemático se atreve a afirmar que para finales del siglo XX habría máquinas indistinguibles del ser humano, al menos bajo las condiciones que él mismo propone. Estas condiciones es lo que se conoce como Test de Turing o, según sus propias palabras, el Juego de la Imitación.

La propuesta de Turing es simple. Imagina tres participantes en la prueba, uno de ellos será un “interrogador” y los otros dos los “interrogados”. Todos ellos permanecerán aislados y fuera de la vista entre sí. La labor del interrogador consistirá en formular preguntas a los interrogados y con ello averiguar alguna característica personal suya (Turing propone distinguir si es mujer o hombre). Dado que no puede haber contacto físico entre ambos, las preguntas y las respuestas se darán en formato escrito.

Hasta aquí el Test de Turing. Pero el matemático pretendía usar este experimento mental para reflexionar acerca de las capacidades de las máquinas. ¿Y si sustituimos a uno de los interrogados por una computadora? ¿Podría el interrogador distinguir cual es humano y cual es la máquina? Si el interrogador confunde a la máquina con un humano o es incapaz de distinguir a ambos, la máquina habrá pasado la prueba.

Para Turing, esta prueba servirá para zanjar definitivamente la pregunta “¿Pueden las máquinas pensar?”.

Esquema del Test de Turing.

¿Puede una máquina pensar?

¿Qué es exactamente lo que pretende demostrar Turing con este ejercicio? El título del artículo puede inducir a error. Turing fue prudente y nunca llegó a afirmar que superar el Test de Turing implicaría que la máquina fuese inteligente. En vez de eso, propuso la prueba como una forma de responder a la pregunta “¿Puede una máquina pensar?”

Normalmente asociamos el acto de pensar a nuestra experiencia consciente. Por definición la consciencia se encuentra accesible solo a la persona en sí. Suponemos que el resto de seres humanos disfrutan de esta misma experiencia, cada uno en su propio “mundo mental”. El comportamiento del resto de seres humanos nos induce a creer que ellos gozan a sí mismo de esta experiencia consciente, pero en ningún momento somos capaces de acceder a esa vivencia. ¿Cómo podemos saber con seguridad que efectivamente estamos tratando con individuos conscientes de sí?

Turing disponía de un modelo formalizado de “máquina” pero carecía de algo equivalente para el término “pensar”. Para resolver el problema, propone que la actividad observable y externa es suficiente para juzgar que una entidad goza de la habilidad de pensar. El Test de Turing ofrecía un procedimiento objetivo para dictaminar cuando una entidad, ya sea biológica o artificial está pensando sin caer en las ambigüedades propias de este concepto. Muchos pensaríamos que existen diferencias cualitativas de importancia entre “computar” y “pensar” pero Turing buscó en su artículo derribar todas estas objeciones. El matemático consideraba que, desde el punto de vista de los resultados objetivos, no habría diferencia entre lo que una máquina suficientemente potente y un ser humano pueden hacer. Esta es probablemente la tesis más interesante que ofrece el artículo de Turing y es a la que nos dedicaremos aquí.

La máquina digital

La máquina que propone Turing será una computadora digital. Esta computadora usará un lenguaje de signos discretos (por ejemplo, la numeración binaria). Toda información procesada por dicho dispositivo estará codificada en ese lenguaje. Los estados de la máquina serán también codificados en signos discreto, existiendo una cantidad arbitrariamente grande (pero finita) de ellos.

La máquina dispondría además de una suerte de registro o memoria requerida para cualquier operación que realice la máquina. En todo momento, Turing busca equivalencias entre este modelo y la forma de operar que tendría un humano. Por ejemplo, esta “unidad de almacenamiento” sería equivalente en el bando humano a una simple libreta y un lápiz.

Por último, la máquina será programable, es decir, podemos definir su comportamiento en una serie de instrucciones y estas las recibirá como parte del input.

El lector sabido se dará cuenta que la máquina que propone Turing es codificable como una operación mecánica, o lo que es lo mismo, es equivalente a una Máquina de Turing de cinta finita. En la puesta en práctica del Test de Turing será necesario que la máquina responda con una velocidad equivalente a la del ser humano. Un tiempo de espera largo dejaría en evidencia a la computadora frente al interrogador. Por ello, aunque una Máquina de Turing de una sola cinta tengas las mismas capacidades computacionales que la máquina digital de la prueba, desde luego no igualará su velocidad de procesamiento.

La Tesis de Turing

Veremos ahora los principales argumentos que Turing propuso para defender la equivalencia operativa entre pensar y computar. Llamaremos a esto la Tesis de Turing. Los argumentos que ofrece son de lo más variados, e incluyen cosas como la posibilidad de que existan habilidades extra-sensoriales no computacionales en los seres humanos. También dedica un breve apartado a las consecuencias para la teoría de la mente de los famosos Teoremas de Incompletitud de Gödel.

Turing reconoce sin problemas que el sustrato físico y las operaciones que tienen lugar en un cerebro son completamente diferentes a las que ocurren en un ordenador. Pero, para el Test de Turing, el sustrato físico del ente pensante no es relevante. Para Turing, mientras la máquina sea capaz de engañar a un humano podemos afirmar que, en la práctica, la máquina piensa.

Considero que los argumentos más interesantes que ofrece Turing para su tesis se agrupan en dos grandes cuestiones: el Problema de la Consciencia y el Problema del Aprendizaje.

El Problema de la Consciencia

El problema de la consciencia ya lo hemos planteado brevemente antes ¿Cómo puede una máquina pensar cuando es incapaz de sentir emociones, de imaginar mundos fantásticos, de enfadarse o deprimirse y de todas esas experiencias que hemos asociado a nuestra propia consciencia?

Todas esas vivencias son accesibles solo a uno mismo. Conocemos como solipsismo a la doctrina que afirma que la única manera de asegurarse de que algo experimenta verdaderamente una consciencia es ser la cosa en cuestión. Los únicos de los que podemos estar seguros de ser conscientes somos nosotros mismos. Esto dejaría a la consciencia como un fenómeno que no puede ser observable y por tanto, inabarcable por la ciencia.

Turing no desea llegar a este extremo. Deben existir hechos observables que sugieran consciencia en seres que no seamos nosotros mismos. Creemos que el resto de humanos tienen su propio mundo mental porque lo deducimos de su comportamiento exterior y observable. ¿Porqué no hacer que una máquina imite ese comportamiento? Si actuase de forma indistinguible de un humano, tendríamos las mismas razones para adjudicarle una consciencia a una máquina que para cualquier persona.

Turing reconoce que esto no soluciona el problema de la consciencia. Es un fenómeno complejo del que carecemos a día de hoy de un modelo explicativo. Pero, de cara a responder a la pregunta de si las máquinas piensan, Turing ve innecesario resolver el misterio de la consciencia.

El Problema del Aprendizaje

Turing recoge un comentario que la matemática Ada Lovelace dirigió hacia la Máquina Analítica de Babbage:

“La máquina analítica no tiene aspiraciones de originar nada.”

La idea de Lovelace es que las máquinas actúan según las instrucciones que reciben del programador, así que no existe razón alguna para pensar que nos puedan sorprender. Todo comportamiento que puedan desplegar habrá sido previsto por el ingeniero que las construyó. No habría manera de que aprendan nada. A lo máximo a lo que podemos aspirar es a que su diversidad de comportamientos sea lo más amplia posible. Y eso implica una capacidad de almacenamiento cada vez mayor.

Turing responde a Lovelace argumentando que una máquina suficientemente compleja (como, según él, sería el cerebro humano) podría perfectamente sorprender al ingeniero que la construyó. Las máquinas digitales presentan un comportamiento completamente determinista y, por tanto, predecible. Pero para eso sería necesario conocer con precisión el estado de la máquina en un instante dado. En máquinas muy complejas esto sería inviable por la cantidad de información necesaria.

Así que, en la práctica, el comportamiento futuro de la máquina sería impredecible. Cualquier persona que pretenda predecirlo estará sujeta a posibles errores que harían que la máquina actuase de forma inesperada. Alguien podría decir que, si la máquina sorprende solo por torpeza del diseñador, tal cosa no es mérito de la máquina. Pero recordemos que nuestra definición de máquina pensante depende de que una persona humana la reconozca como tal. Mientras sea capaz de engañar al interrogador, la máquina se considerará pensante.

Objeciones a la Tesis de Turing

El resumen de los argumentos de Turing es que, mientras sea lo suficientemente potente, es decir, tenga una gran capacidad de almacenamiento y sea por tanto capaz de desplegar un abanico muy amplio de comportamientos, una máquina podría llegar a hacerse pasar por un humano y por tanto, a pensar.

Es difícil poner objeciones a este planteamiento. Nuestro matemático ofrece un procedimiento para determinar sin ambigüedades cuándo algo está pensando. Podemos estar de acuerdo y el mismo Turing reconoce que ese algo puede ser muy diferente a un cerebro humano. Pero si se comporta de forma indistinguible de otro algo que sí sabemos con seguridad que es un ser pensante… ¿Por qué no concluir que efectivamente piensa? El movimiento se demuestra andando, ¿no?

EL sustrato pensante

Lo único que podría hacernos cambiar de opinión es comprobar que efectivamente, ese ser pensante no se trata de un humano. Destapamos la cortina que oculta la computadora del interrogador y comprobamos la verdadera naturaleza del interrogado. Uno podría llegar a afirmar que, puesto que no es un humano, no piensa. Pero eso sería equivalente a afirmar que el fenómeno del pensamiento está reservado a organismos con un cerebro biológico complejo, o lo que es lo mismo, a los seres humanos ¿Acaso tienen los seres humanos el monopolio del pensar? ¿No podrían existir otro tipo de entidades pensantes como máquinas o alienígenas inteligentes o incluso animales?

Podríamos llegar a pensar que la Tesis de Turing defiende la existencia de formas “alternativas” al pensamiento humano, al menos en cuanto al sustrato físico del que depende. Pero esto no es cierto. Turing solo defiende la posibilidad de que existan máquinas que imiten a humanos. O lo que es lo mismo, el único criterio de comparación para saber si una máquina piensa es el pensamiento humano mismo. No hay pues alternativa alguna. Si no se le parece, entonces la máquina no está pensando.

La naturaleza del pensamiento

Considero que el argumento de Turing resulta un tanto circular: una máquina piensa cuando una persona piensa que está pensando. Pensar, por definición, sería lo que los humanos hacen, pero entonces ¿Tiene sentido decir que una máquina piensa?

La incapacidad de Turing -y del resto de mortales- de ofrecer una descripción formal del pensamiento –como sí existe de máquina computadora- implica que no podamos abstraerlo de las condiciones situacionales de nuestro pensamiento mismo. Es muy diferente al resto de ideas características de la matemática. El teorema de Pitágoras por ejemplo nos aparece como un ente abstracto y eterno, asimilable por la mente humana pero que aun así conserva su autonomía y que podemos ver reflejado en fenómenos naturales independientes de los quehaceres humanos. Sin embargo, el pensamiento mismo no goza de esa independencia. Para admitir una entidad pensante necesitamos que otro ser pensante la reconozca como tal. Es como si existiera un club en el que, para entrar, alguien de dentro tiene que invitarte…pero entonces ¿Quién invitó al fundador?

Inteligencia y Autonomía

Así, el Test de Turing no nos permite afirmar nada acerca de la naturaleza del fenómeno del pensamiento. No sirve para explicar que es exactamente eso a lo qué llamamos pensar.

Si somos incapaces de disociar el pensamiento del hecho mismo de ser humanos, por qué no vincular el pensamiento con el resto de rasgos que nos caracterizan, como son las expresiones faciales o nuestros actos corporales. Es más, por qué no asociar el pensamiento con el lento proceso evolutivo que ha dado lugar a nuestra especie. Al fin y al cabo, existe una continuidad biológica ininterrumpida entre todas las especies vivas y el pensamiento, aunque tardío, es un fenómeno incrustado en dicha dinámica.

Considero que no puede existir un concepto de pensamiento o inteligencia desligado de la idea de autonomía. Una inteligencia debe serlo en los términos del propio ser inteligente. Aunque compleja, esta solución nos permitiría ofrecer una descripción empírica de la consciencia esquivando el solipsismo pero sin caer en definiciones circulares.

La autonomía nos remite a la idea de aprendizaje no supervisado o también de máquinas situacionales. Esperamos abordar en un futuro estos temas.

Lecturas Recomendadas

 – Turing, A. (1950) Computing machinery and intelligence.

La Jerarquía de Chomsky

La Jerarquía de Chomsky organiza los diferentes tipos de gramáticas posibles y como esas pueden producir diferentes estructuras sintácticas.

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